Cuando Pablo Aparo realizó el documental Los vencedores, probablemente no imaginó que el tema de la soberanía sobre las Malvinas volvería a cobrar gran protagonismo en la agenda pública casi al mismo tiempo que el estreno de su película en el Malba.

En un contexto marcado por el endurecimiento de la política del presidente Javier Milei sobre la cuestión, la señal de apoyo de Donald Trump a Argentina y la advertencia del primer ministro británico de ser “implacable” en la defensa de la soberanía de las islas, el documental de Aparo surge como un recurso para fomentar la reflexión.
La propuesta es dar voz a las personas cuyas opiniones y posturas suelen ser poco conocidas: los isleños, o kelpers, que habitan las Malvinas desde hace décadas.
Premiado con dos galardones en el BAFICI y aún en cartel en algunas salas de Buenos Aires, La Plata, Rosario y Córdoba, Los vencedores retrata la vida cotidiana de los kelpers, sus ceremonias oficiales, ritos locales y las huellas que dejó la guerra, a la vez que muestra su convivencia en el campo junto a Matt, un terrateniente con actitud claramente antiargentina.
La idea surgió cuando Aparo presentó El espanto, su documental sobre El Dorado, en un festival de Sheffield. Varios ingleses le comentaron que ese lugar les recordaba al norte de su país y expresaron su interés por ver una historia similar, pero propia. Ahí despertó en Pablo el interés por conocer a los habitantes de las Malvinas, “un pueblo que no conocemos, que consideramos argentino, pero sobre el cual sabemos muy poco”. Entonces comenzó a investigar la realidad de las islas.
Un dato que lo sorprendió fue que, en las Malvinas, hay 3.500 habitantes civiles, apenas un poco más que los soldados permanentes en la base aérea militar. “Cuando era chico, los kelpers parecían seres mitológicos de un lugar remoto. Siempre me llamó la atención. Aunque yo no viví la guerra, crecí con su recuerdo”, comenta Aparo, de 40 años.
El motor de su investigación fue comprender cómo conviven tan tranquilamente los habitantes civiles con la base militar: “¿Se sienten más seguros o se persiguen mutuamente?”.
El documental es fruto de tres viajes a las islas: diez días en 2020, y dos estancias de dos meses y medio cada una en 2023 y 2024. Aparo gestionó todos los permisos ante la Administración de Malvinas para filmar bajo la categoría de trabajo periodístico. En general, no tuvo inconvenientes, y varios referentes kelpers lo apoyaron.
Sin embargo, en el terreno, solo podía operar siguiendo las leyes y el ánimo de los civiles. Su presencia como argentino generaba desconfianza y hostilidad; en varias ocasiones lo instaron a no grabar o le negaron acceso a ciertos lugares.
Destaca especialmente su relación con Matt, un kelper que se opone vehementemente a Argentina. Antes de conocerlo, Aparo solicitó referencias y supo que Matt expresaba su odio hacia el país en publicaciones de Facebook. Sin embargo, fue el único que aceptó que filmara en su hogar. Esa contradicción marcó la tensa convivencia y el constante tira y afloja que plasmó el documental.
Recuerda Aparo: “¿Tuve miedo al conocer a Matt? Sí, bastante. Mandé una foto suya ensangrentado diciéndole cosas a los argentinos a mis productoras y pregunté si debía ir. Me dijeron que no, pero al día siguiente ya estaba yendo”.
Matt lo citó en un bar, donde le preguntó quién era y qué quería. Tras la explicación, Aparo pasó a dormir en su estancia, una propiedad enorme en las montañas, habitada por numerosos animales. De esa convivencia surgieron algunos de los momentos más intensos del documental.
Una secuencia especialmente tensa ocurre cuando ambos visitan el Salón de la Pradera del Ganso, lugar donde el Ejército argentino mantuvo encerrados a los kelpers durante semanas en 1982. Al descubrir la presencia de un argentino, los locales se retiraron advirtiendo que “le iría muy mal”. Por esta razón, Matt todavía sufre problemas con sus vecinos por haber alojado al cineasta.
Respecto a las secuelas de la guerra, Aparo señala que “las personas mayores y algunos jóvenes con padres radicalizados manifiestan un claro trauma. La guerra está visible en todos lados permanentemente, y muchos sufren estrés postraumático”.
El cineasta también resalta que los kelpers, durante el conflicto, vivieron con miedo a las desapariciones forzadas: “No sabían si los matarían, y ese temor estaba fundado en la dictadura que ocurría en Argentina a la vez. Esa realidad era desconocida para muchos de nosotros.”
En relación a su experiencia personal, confiesa que al inicio se sintió incómodo como argentino, debido a lugares vetados y la desconfianza de los isleños. Sin embargo, con el tiempo, su presencia se normalizó y algunas personas llegaron a tenerle afecto.
Los relatos de los kelpers también aportan otra mirada sobre los veteranos argentinos. En el documental, Aparo incluye escenas en el Cementerio de Darwin y destaca cómo los isleños encontraron en galpones donaciones de ropa y comida que la gente de Argentina había enviado a los soldados, interpretando estas acciones como una prueba real de la empatía y solidaridad que existieron.
Asimismo, muestra cartas escritas por soldados argentinos en un inglés básico, pidiendo ayuda con mensajes simples como “Hello. Please. Chocolate”.
Durante la filmación, Aparo se cuestionó sobre la recepción del documental entre argentinos y veteranos,
TOLHUIN PRIMERO TIERRA DEL FUEGO | ARGENTINA.
